Publicado por Roberto Mendoza en / 0 Comentarios
Hace muchos años, hubo un príncipe de Gales que se llamaba Llewelyn. A Llewelyn le encantaba cazar, y tenía una magnífica jauría de perros de caza. De todos ellos había uno al cual le tenía más cariño que a los demás. Su nombre era Gelert.
Gelert, no sólo era un excelente perro de caza, también era un animal bondadoso al cual no sólo quería Llewelyn, sino también toda la familia.
Un día, el príncipe decidió salir de caza. Sabía que se habían avistado lobos en el bosque, cerca del castillo, y temía por su hijo recién nacido, pues se sabe que los lobos hambrientos llegan a entrar en las casas y se comen a los niños que aún están indefensos.
De modo que le dijo a Gelert que se quedara y que guardara del bebé. El perro se echó junto a la cuna, y el príncipe partió felizmente, sabiendo que su hijo estaría a salvo con el perro. El sonido de los cuernos de caza no tardó en desaparecer en la distancia, y Gelert se quedó solo.
Un rato más tarde, Gelert escuchó un ruido extraño. Levantó las orejas y olisqueó el aire. ¿Qué extraño olor era ese? Se oyó un murmullo y pisadas en el corredor. ¿Quién o qué podría ser? La entornada puerta se abrió, y un gran lobo gris se asomó mirando atentamente al interior. Gelert gruñó.
El lobo mostró sus colmillos, miró más allá de Gelert y vio al bebé, Era un sabroso bocado al que no estaba dispuesto a renunciar.
El lobo saltó sobre la cuna, al mismo tiempo que Gelert saltó sobre la garganta del lobo. Los dos animales se enzarzaron en una refriega de gruñidos y mordiscos. La pelea fue larga y salvaje. Había pelo y sangre por todas partes. La cuna, no aguantó las embestidas y se volcó, pero el bebé quedó a salvo, dormido bajo la manta.
Al final, Gelert hizo un último esfuerzo y clavó sus dientes profundamente en la garganta del lobo, mientras éste se retorcía para quedar finalmente inerte. Gelert se dejó caer, débil por la pérdida de sangre, mientras se lamía las heridas.
Cuando Llewelyn regresó de la cacería, sus ojos se encontraron con una terrible visión. La cuna de su bebé estaba volcada y había sangre por todas partes.
Lentamente, Gelert se arrastró hasta su señor, goteando sangre de entre sus mandíbulas. Al bebé no se le veía por ninguna parte.
─ Maldito animal, ¿dónde está mi hijo? ─gritó Llewelyn─. ¡Has matado y devorado a mi único hijo!
Y con un grito de furia, Llewelyn se abalanzó sobre el perro y le clavó su espada profundamente en el corazón. El aullido mortal de Gelert hizo algo que el ruido de la pelea no había conseguido, hacer despertar al bebé. Llewelyn apartó a un lado la cuna, y allí encontró a su pequeño, junto al cuerpo muerto de un gran lobo gris bañado en su propia sangre.
Entonces, Llewelyn se dio cuenta que la sangre que caía de las mandíbulas de Gelert era la del lobo que yacía muerto, y que la recompensa de Gelert por haber salvado al hijo del príncipe había sido la muerte.
Lleno de remordimientos, el príncipe Llewelyn enterró a su fiel perro y llamó al lugar “Beddgelert”, que significa “la tumba de Gelert”.
Hoy en día, en Gales, podrás encontrar el pueblo de Beddgelert, llamado así en memoria de la historia del fiel perro que dio su vida por salvar la del bebé y cuyo nombre es Gellert.
Leyenda de Gales
