Publicado por Roberto Mendoza en / 0 Comentarios
Te imaginas que hubo un tiempo en el que no había televisión, ni radio, ni internet, ni muchos otros medios de distracción de los que hoy tenemos, ¿cómo se distraería la gente en aquellos tiempos?
Yo me imagino a las familias y amigos reunidos junto a la chimenea contando cuentos, un auditorio fascinado donde niños y adultos disfrutan por igual.
¡Qué extraño!, hoy, en este mismo momento, experimento esos sentimientos vivos y profundos, donde la oralidad llena todo mi ser, y sin embargo, mis manos y mi lengua parecen estar atadas, por lo que no puedo describir ni representar adecuadamente algunos de las ideas y pensamientos que recorren mi interior.
Recuerdo que de niño vivía en una de las callejuelas más estrechas de la ciudad, y subía a las azoteas desde donde gozaba de una amplia vista de los tejados, escuchaba el graznido de las gaviotas y me deleitaba con el aroma del mar que tan cerca estaba.

Tuve la suerte que el desánimo nunca me alcanzó, tuve una fiel compañera que cada noche me visitaba. Su rostro redondo, de tez blanquecina en ocasiones se tornaba a medias y otras a cuartas y aun así no dejaba de alumbrarme. Era la luna, la querida vieja luna que noche tras noche me hacía compañía contándome las mil y una historias con las que se encontraba por el mundo como si de Sherezade y su sultán se tratase.
Y en aquellas ocasiones en las que no pude verla, porque quizás se entretuvo en otros rincones o porque alguna nube hizo de las suyas, aproveché para contar esas mismas historias y así crear “Cuentos de la Luna”.
